domingo, 24 de mayo de 2020

"El odio se vuelve viral en un país imbécil" Mala Reputación

Tras poner por escrito la historia de mi abuelo Norberto (la puedes leer aquí), un hombre que no lo tuvo nada fácil y ver que había calado en alguno de vosotros, os pedí que me contárais un poco más que os había provocado esta historia. A raíz de vuestras respuestas ha salido este otro texto donde mezclo historia real, vuestras respuestas y mis reflexiones… y he de decir que he recuperado un poquito la fe en el ser humano a pesar del país imbécil que vemos cada día en los medios. Gracias.

ilustración


«Nadie cree ya en la leyenda de la represión española. Todos saben incluso por informes directos de los suyos, cómo se administró la justicia de Franco, con qué benevolencia, con cuánta escrupulosa apreciación de las razones complejas determinantes de muchas conductas, proceden sus gobernantes. Volved, pues, a la España, Una, Grande y Libre que os espera. Cuando la guerra os deja huérfanos en tierras extranjeras, vuestra Patria os llama. Todos los españoles de conciencia limpia y pasado honrado tenéis allí vuestro puesto para trabajar en la empresa de hacerla mejor y reparar sus males»*

*Texto del Cartel-manifiesto titulado «A los Españoles residentes en Francia». Con el objetivo de repatriar a los españoles exiliados en allí.

 “Vuestra patria os llama” Esa patria que hace dos días los quería matar por pensar diferente, por poner en tela de juicio el poder de la religión, el sistema monárquico y ensalzar la igualdad de oportunidades.

“Españoles de conciencia limpia y pasado honrado” Como si fuera una deshora pensar diferente a los que ahora mandaban…

¿Creéis que las repatriaciones a España desde los campos de refugiados fueron así de fáciles? Con un cartel, un poco de propaganda e intentando allanar el camino para una vuelta pacífica, el gobierno galo apoyó estas repatriaciones  o en su defecto la re-inmigración a terceros países.

Como estrategia de comunicación esta campaña tenía alguna que otra fisura y mucho de mentira. Algo que siempre se le echa en cara a la publicidad muy a mi pesar.

Volviendo a la historia, en diciembre de 1939 según datos del Ministerio del Interior francés, permanecían en el país sólo 140.000 exiliados, la mayoría excombatientes.

Más de la mitad de los refugiados que no volvieron a España en las repatriaciones se incorporaron a las Compañías (organizaciones paramilitares al servicio del ejército francés). Esta elección era más o menos voluntaria hasta que Alemania invadió Francia (II Guerra Mundial). Ahí Francia cambio su política de apoyar las repatriaciones. Ahora los españoles en Francia solo tenían dos opciones, engrosar las filas de esas unidades armadas francesas o ser mano de obra para los alemanes. Ya sabéis donde terminó mi abuelo.

Dada su forma de ser entiendo que su elección de formar parte estas unidades armadas, a parte del miedo de volver a la España de Franco, fue como ya os conté, por querer seguir luchando por lo que creía justo, por querer seguir luchando por su idea de vivir. Esto es algo que habéis destacado casi todos a los que os he preguntado qué os han parecido la historia de Norberto.

“Me produce una sensación de orgullo y piel de gallina, la superación y ganas de defender lo tuyo y tus ideales frente a todo”.

También habéis destacado los sacrificios que la generación de nuestros abuelos hizo para qué hoy vivamos como lo hacemos.

“Vivimos con tantas facilidades que la vida pasa casi sin enterarnos y a veces olvidamos lo que otros tuvieron que luchar”.

Pero a este respecto si veo diferencias en como habéis planteado ese “sacrificio” que personas como mi abuelo tuvieron que hacer. Sin pretender ser una encuesta estricta y medida he visto en vuestras respuestas diferencias según la edad. Los más jóvenes ven esta historia más cercana, “tan cercana que asusta” decís. Lo asumís con tristeza  pero a la vez con optimismo, con ganas, incluso algunos con esperanza de no dejar esa lucha en la actualidad con otras formas, sí, con otros objetivos, sí, pero con el mismo espíritu.

En cambio los más mayores, valoráis el esfuerzo pero veis a la sociedad resignada. En vuestras respuestas se entiende el agradecimiento hacia ellos y creéis que es necesario conocer y reconocer este tipo de historias que nos han hecho llegar hasta donde estamos hoy. Pero creo que se ve como algo que ahora o no toca ya hacer, o no se ve tan necesario.

No se ve tan necesario porque el odio ya no mata. Ya no mata a balazos en tu país, en tu ciudad, pero sí siembra ideas que ponen en peligro la vida de los demás. Y sí mata a balazos al otro lado del mar.

“esa mirada penetrante de ojos perplejos, estupefactos, de mujeres embarazadas inmigrantes que están viniendo a la consulta buscando solo un gesto cómplice de que yo estoy aquí.... para sostenerte sin tocarnos pero respetando tu duelo y dolor por dejar tu país y tu tierra para poder sobrevivir”

En un mundo tan global que en pocos días lo que pasa a miles de kilómetros se convierte en local, creo que es aún necesario no dejar tus ideales a un lado y conformarte con tu tranquilidad.

“Todos deberíamos de aprender de ellos para no repetir los errores del pasado”

Deberíamos aprender de ellos de nuestros abuelos, deberíamos retener en la memoria lo que otros hacen por nosotros actualmente, y deberíamos de dejar de mirarnos el ombligo. Vivimos en un mundo global en el que no solo importa lo que pasa en tu casa, pues todo influye.

Mi conclusión a todo esto no la escribo yo, lo hace uno de vosotros a los que os he preguntado, porque yo no puedo hacerlo mejor, y firmo cada una de sus  palabras:


“La sociedad tiende a encerrar la historia en libros dándola por estática y terminada, cuando en realidad la cantidad de lazos que nos unen a ella en el presente son innumerables, y leer historias así hace darte cuenta de que no es tan lejano ni nos es tan ajeno aquello que está escrito en esos libros”.

sábado, 9 de mayo de 2020

"Mi patria no es otra que los que alzan el vuelo" Sons of Aguirre

Tercera y última parte. Cuando lo volvió a perder todo y el miedo se quedó a vivir en él.

Fréjus, la rotura de una presa.


Mi abuelo se mudó a esta localidad francesa junto a su familia. Allí volvió a tener una vida convencional, era mecánico y tenía un pequeño taller. Su casa estaba encima del taller y desde ese lugar no pudo ver venir la tragedia que volvería a cambiar su vida. Esta vez no era el ser humano quien le agredía, quien lo ponía de nuevo a prueba si no la naturaleza. Y es que como luego dicen, no se pueden poner puertas al campo y si tratamos a la naturaleza como nos viene en gana, ésta responde y no siempre de la mejor manera.

A Fréjus ce soir la  es un libro que recoge varias historias de cómo vivieron esa noche varios vecinos de Fréjus, el dos de diciembre de 1959.


Ilustración del libro

Mi abuelo cuenta en el libro como esa tarde-noche su mujer estaba tendiendo en la terraza con la radio puesta, estaba ya anocheciendo y no veían con claridad. Solo pudieron escuchar el ruido que hacía la tromba de agua que se les estaba aproximando, pero sin llegar a imaginarse lo que vendría después.

Desde el 19 de noviembre hasta el 2 de diciembre llovió mucho en la zona. 24 horas antes de la tragedia el nivel de agua en el dique era sólo de 28 cm de distancia desde el borde. La lluvia continuó, y el jefe de presa quiso abrir las válvulas de descarga, pero las autoridades se negaron. Cerca había una carretera en construcción y también peligraba si abrían la presa. Cinco horas antes del colapso, a las 18:00 en punto, se abrieron las válvulas, pero no fue suficiente para vaciar la presa a tiempo.

La presa de Fréjus se había roto, millones de litros de agua se les venían encima junto a todo lo que el agua arrastraba. La idea de mi abuelo fue abrir todas las puertas para que el agua conforme entrara saliera, pero no surtió efecto. El agua les envolvió. Y su siguiente recuerdo es despertarse enganchado a un árbol, él solo, era ya de día. No volvió a ver a su familia, habían muerto aquella noche atrapadas por la fuerza del agua. Una fuerza mayor que cualquier bala disparada durante las guerras vividas anteriormente. 421 personas murieron esa noche, por suerte mi abuelo sobrevivió una vez más.

Y esta vez sí, una vez ya en el hospital, su familia viajó desde Almansa para verlo. Hacía 23 años que no los veía y volvió a la que un día fue su casa pero ya no era su hogar.

St. Raphael


No sé de dónde sacó fuerzas, cómo volvió a reinventarse pero mi  abuelo Norberto se volvió a casar, esta vez con una chica del pueblo, mi abuela Josefa, a la que se llevó de nuevo a Francia. Aquí no podían vivir, él no estaba tranquilo. Imaginad como se sentiría alguien que ha luchado contra el fascismo dos veces viviendo en España durante la dictadura franquista.

Tras su vuelta a Francia, se establecieron en St. Raphael, un pueblo en la costa francesa en el que vivía personas de todas las nacionalidades… y vuelta a la actualidad. Cuando mi padre me cuenta cómo vivían allí parece que estoy oyendo las noticias de un día cualquiera de 2020.
Eran unos bloques enormes en los que había españoles, italianos y gente de países árabes. Mi padre no recuerda de que país eran, pero dice solían “jugar” a lanzarse piedras con los niños árabes. Supongo que daba igual de donde eran, los niños no entienden de fronteras, somos los adultos los culpables de que vean a otro como diferente, cuando somos todos iguales.

Allí vivieron 5 años hasta que tomaron la decisión de volver a España. Las cosas estaban más calmadas y mi abuela Josefa imagino que no estaría muy adaptada. Más allá de ese oh la la! , y dos palabras más no hablaba francés, y supongo que para ella esa vida tan diferente era muy difícil. Para mi abuelo Norberto, en cambio, sería demasiado tranquila después de lo vivido.

El castillo


Desde que cruzas la frontera en Perpiñán hasta Almansa hay más de 650 kilómetros, pero mi padre hasta que no veía la silueta del castillo de Almansa no decía que estaban en España. Bajaron un par de veces mientras vivieron en Francia y la última vez que bajó con la hermana de mi abuela, mi padre no volvió a la ciudad donde nació, hasta unas vacaciones durante su adolescencia.

Un año después fueron mis abuelos los que se establecieron definitivamente en Almansa. A partir de aquí su vida fue convencional, como la de cualquier hijo de vecino. Pero había detalles que hacían de mi abuelo Norberto una persona especial.

Es una pena para mí que falleciera tan pronto. Era muy pequeña y mi imagen de él es como la imagen que tiene cualquier niña de su abuelo. No supe hasta ser mayor lo que había vivido, y no he comprendido hasta ser aún más mayor la importancia de lo que hizo. La importancia de luchar por tener libertad. Una libertad que hoy damos por hecho, pero que para muchos fue casi un imposible de conseguir, pues perdieron la vida por ello.

Norberto Miguel


Así se llamaba mi abuelo, nombres sencillos los de mi familia. Pues bien, a Norberto Miguel lo describen como un hombre serio, poco cercano por lo poco que se daba a conocer, pero correcto e inteligente. Ese carácter distante puede que fuera por todo lo vivido, por llevar su sufrimiento dentro sin compartirlo con los demás. Verbalizar tus problemas muchas veces ayuda a empezar a superarlos, pero mi abuelo tendría que verbalizar años de sufrimiento y él quiso llevarlos de esa manera y parecía que le funcionaba.

Esto no quiere decir que ante algún estimulo o situación no volvieran los temores. Me cuenta mi otra abuela, la materna, que estando una vez en su casa llovía a cantaros. La calle donde vive mi abuela materna está en pendiente y bajaba mucha agua, como un río. La angustia que sintió su consuegro, mi abuelo Norberto, en ese momento fue tan real que todos se asustaron. Volvió a sentir lo que ese dos de diciembre de 1959 cuando la fuerza del agua se llevó todo lo que había construido.

Igual que se asustarían el 20 de febrero de 1981, cuando creyó que todo volvía a empezar. Por suerte no fue así y hoy escribo esta historia con los pocos datos con los que cuento desde el sofá en mi casa de Almansa. Pero mi historia podría haber sido muy diferente. Podría no existir, podría estar escribiéndola en francés pero Je ne parle pas français, podría estar escribiéndola desde cualquier otro lugar del mundo…

Un detalle más de que mi familia y yo podríamos estar en cualquier otro lugar del mundo es que cuando mi abuelo falleció y estaban organizando sus cosas en casa para donar la ropa o guardar lo que les importaba como recuerdo, encontraron una maleta con dinero en efectivo. No es que Norberto Miguel no se fiara de los bancos, de hecho su hijo trabajaba en uno, de lo que no se fiaba era del mundo en el que vivía. Suponemos que aun pensaba que todo podría volver a explotar y tendría que salir corriendo de nuevo.

Fijaos en cómo debería de estar de arraigado su dolor y su sufrimiento para que 20 años después de que se acabara la dictadura aún tuviera miedo, y aún creyera que el odio podía volver a matar. Puede parecer un pensamiento de locos, pero nada más lejos de la realidad el odio aún mata, puede que en España ya no a balazos pero si sembrando ideas que no conducen a nada bueno.

A nuestros abuelos les pidieron que fueran a la guerra a nosotros que nos quedáramos en casa.
Aprovechad estas horas en el sofá para leer, ver y escuchar toda la cultura que tenemos a golpe de clic, que nos abre la mente y nos hace libres sin necesidad de librar ninguna guerra.



Texto: Leia Cuenca
Ilustraciones: Mónica Recio

viernes, 8 de mayo de 2020

"Luchó hasta dejarse la piel como tantas personas sin nombre" Sons of Aguirre


Segunda entrega de la historia mi abuelo Norberto. En esta parte hay más acción y más dolor.

ilustración campo refugiados

El ejército francés


Las 38 heridas tuvieron muchas consecuencias en la vida de mi abuelo Norberto. Mis padres recuerdan que mi abuelo contaba historias de lo vivido muy de vez en cuando y que casi nunca relacionaba fechas, no se acordaba con claridad. Pero les contó que a pesar de ello no pudo estarse quieto una vez más, si no todo lo contrario. Y se alistó, esta vez, en el ejército francés.

Volvió a luchar en otra guerra, esta vez más grande, esta vez más peligrosa. Y esta vez no era por defender su idea de país, pero sí por defender su idea de vivir. Y otra vez su idea de vivir no era la idea victoriosa, al menos en un principio, pues acabó en un campo de concentración alemán.
¿En qué año? Ni idea. ¿Cuánto tiempo? Tampoco lo sabemos. ¿Con quién? Eso sí lo recordaba con su amigo de Torrelavega Manuel Acebal.

Dice mi madre que contaba cómo cuidaban y alimentaban a los gatos para utilizarlos después y saber si las vallas del campo de concentración estaban electrificadas o no para intentar salir de allí. Ahora lo piensas y es cruel usar a animales, pues muchos de ellos morirían de esa manera. Pero más cruel era como trataban en aquel lugar a los seres humanos. No sabemos cómo, pero consiguieron salir de allí, aunque  no lo consiguieron todos. Mi abuelo Norberto también contaba como a uno de ellos lo mataron al intentar escapar. No me puedo ni imaginar lo duro que sería, o quizá no, quizá estaban ya tan acostumbrados a eso que no era más que una parte de su realidad.

Todo esto no lo detuvo, y mi abuelo volvió al ejército francés, y acabó siendo jefe del Sexto Batallón de Seguridad después de la guerra. Los españoles en el ejército francés servían como tropa extranjera firmemente adscrita a la Francia Libre (no eran una unidad autónoma de ésta), aun así llevaban bordados en sus uniformes la bandera tricolor pues aún pensaban que ese núcleo de españoles pondrían volver como un reformado ejército republicano.  Pero eso nunca llegó a suceder.

La historia que más orgulloso contaba es como llegaron a París con las banderas francesas y republicanas. No defendía ya a su país, o a su idea de país pero los españoles que ayudaron a liberar París del yugo nazi no olvidaban que en España estaban bajo una dictadura impuesta cruelmente.

Montrejeau


Montrejeau es una población francesa cerca de la frontera con España desde la que, tras dejar París, hacían incursiones en España. Hasta allí se trasladaron, con un grupo de españoles, mi abuelo junto a la que más tarde sería su primera mujer, una parisina llamada Mariette Ginette.


Copia del libro de familia francés


Colette Norberta y Daniele Belén eran sus hijas, vaya mezcla de nombres hicieron. Y ahora la rara soy yo por llamarme Leia (como la de Star Wars, sí) pero se ve que en mi familia lo de tener un nombre convencional no nos gusta. Una excentricidad más.


Como se puede ver este libro de familia con fecha de 1960 es una copia, pues el original se perdió junto a todas sus pertenencias en la catástrofe de Fréjus. Una catástrofe que no solo se llevó cosas materiales, si no que también se llevó de nuevo su vida ahora que parecía estable. 

Esta nueva pérdida la contaré en la tercera y última entrega. Ya no había guerra, ni balas que esquivar pero fue la peor perdida.


Texto: Leia Cuenca
Ilustraciones: Mónica Recio

jueves, 7 de mayo de 2020

"No somos nada, somos los nietos de los que perdieron la guerra civil" Sons of Aguirre.

Y a una de esas nietas le ha dado por escribir la historia de su abuelo. Si tenéis un rato y os apetece conocer esta breve historia os invito a hacerlo.

“Cuando veía el castillo es que ya estábamos en España”


Esta frase se la he oído a mi padre unas cuantas veces. Él nació en Francia, segunda generación de emigrantes españoles como consecuencia de la guerra civil en España. Volver, volvieron. Mi padre creció en España, habla español, mi hermano y yo aprobamos francés en el instituto a duras penas, no tenemos ya contacto con casi nada de Francia, pero mis abuelos vivieron muchos años en el país vecino y la verdad es que no sé más que unas cuantas anécdotas de aquella época. Así que le he pedido a mi padre que me cuente todo lo que recuerde y todo lo que mis abuelos, ya fallecidos, le habían contado a él.

De mi abuelo Norberto no recuerdo muchas cosas pues falleció cuando yo tenía 8 años, y la memoria no es mi mayor virtud. Lo recuerdo en su sillón, recuerdo pasar mucho tiempo en su casa y recuerdo ese hueco en la cabeza que tenía a causa de las heridas y la metralla como consecuencia de no estarse quieto una vez que consiguió escapar de un país, el suyo, que lo quería matar por pensar diferente allá por 1936. Él siguió luchando por lo que creía y poniéndose en peligro, pero esto os lo cuento un par de párrafos más adelante.

La historia de mi abuelo trata de como “ser rojo” no le fue nada fácil. Es verdad que separar entre rojos y azules no es buena idea porque hay gente que se lo toma demasiado en serio y lo lleva más allá de lo que realmente tiene que ser. Pero si hay que considerarse algo yo tendré que decir que soy roja. Y no solo por esa herencia familiar, no solo porque mi abuelo casi se mata, o casi lo matan por serlo,  si no porqué con lo vivido, estudiado y visto hasta ahora en mi vida creo que estar más a la izquierda es lo más justo para el mundo en el que vivimos.

Tengo un amigo en el trabajo que siempre me dice “ya estás con tu música de rojos” y mira pues sí, yo no sé trabajar en silencio. Cuando me lo dice ni yo me lo tomo a mal, ni él me lo dice con ningún sentimiento despectivo. Eso es ser rojo o azul (que no es que él lo sea) y convivir. Yo escucho música de rojos, escucho indie y escucho a cantautoras ñoñas y no pasa nada. En la mezcla está lo divertido.
Después de todo este rollazo que he soltado empiezo a contar cosas de un almanseño, que como no podemos estarnos quietos, se cruzó toda España para sobrevivir y volver a cruzarla años después para regresar a su pueblo, Almansa.




Oh la la!


Esta es la  frase más repetida por mi abuela Josefa. Ella y su hermana María, que también vivió en Francia, creo que no aprendieron más de dos palabras en francés, pero esa coletilla la decía siempre que se sorprendía. La recuerdo como si la hubiera oído decirla ayer, eso y llamar bureau al escritorio. Yo los deberes de pequeña los hacía en el bureau de la habitación de casa de mis abuelos, ni en el escritorio ni en la mesa. Bueno cuando los hacía…la obediencia tampoco es una de mis virtudes.

Cosas como ésta nos recordaban a todos ese pasado francés. Un pasado que empezó cuando mi abuelo Norberto con 18 años, aún menor de edad en esa época, pues la mayoría de edad se alcanzaba con 21, se escapó a Madrid para defender lo que creía que era justo. Fue una andadura breve, su familia fue a buscarlo y lo trajeron de vuelta a casa. Pero no duró mucho aquí, volvió a irse, y esta vez para no volver hasta mucho tiempo después. Su familia no volvió a verlo hasta 1959, 23 años después de haber salido de Almansa.

Podemos pensar que irse y meterse en la boca del lobo (Madrid recién estallada la Guerra Civil) fue una locura. Pero y si se llega a quedar y le hacen estar en el bando contrario… o peor aún, y si se niega a estar en ese bando…hoy no estamos nosotros aquí, pues podría haber acabado en una fosa de la que no habría noticias hoy en día.

Dicen en mi casa que mi abuelo no era de contar muchas cosas de su vida de antes, quizá por el dolor que eso le suponía. Contaba anécdotas sueltas de todo por lo que había pasado. No había tenido una vida fácil, no solo por tener que salir de aquí, si no por lo que es vivir, o mejor dicho sobrevivir, en un país que no es el tuyo. Qué actual suena esto ¿verdad?

Es una pena que historias como la de mi abuelo se pierdan porque nos ayudarían a todos a ser mejores, y a no cometer errores del pasado, aunque ya sabemos que a muchos de nosotros parece que nos gusta tropezar mil veces con la misma piedra.

38 heridas


Había dos cosas singulares en el cuerpo de mi abuelo que nos recordaban a todos por donde había pasado. Una de ellas era su dedo meñique de la mano izquierda, no podía estirarlo. Y la otra era ese hueco en la cabeza. Le faltaba parte del hueso occipital del cráneo, ese hueco lo cubría un fragmento de plata que con el pelo disimulaba, pero imaginad como harían esa operación en el año 1938, estéticamente hablando no quedó demasiado bien, aunque él no recordaba si le dolió, si fue molesto o si fue complicado, no recordaba nada.

Estas dos heridas y treinta y seis más que llevaba por toda la parte izquierda del cuerpo fueron causadas durante la batalla del Ebro. Él era el encargado de municionar las filas de ametralladoras esos días y en uno de los ataques le hirieron de tal gravedad que no recuerda ni siquiera como llegó a estar a salvo en uno de los campos de refugiados franceses, tras haber sido operado de las treinta y ocho heridas que llevaba su cuerpo.

Él suponía que lo ingresaron en algún hospital de Francia, aunque según la “carta de trabajo” expedida por el ministerio de trabajo francés mi abuelo entró en el país en 1939. Y su primer destino fue un campo de refugiados, al que lo trasladaron junto a más españoles. Qué actual suena esto otra vez, campos de refugiados, palabras que oímos casi a diario en los medios de comunicación que suenan como a países lejanos y que no hace mucho estaban entre el vocabulario de nuestros abuelos. No nos pilla tan lejos señores…pero esto es otra historia.

De ese periodo desconocido entre que lo hieren en 1938 y llega al campo de refugiados no recuerda nada, fue tiempo perdido, o ganado para recuperarse pues no recordaba muchas cosas a causa de las heridas y puede, no sé, que hasta hubiera tenido algún tipo de daño cerebral o shock post traumático. 


Y hasta aquí la primera parte, son solo tres entregas pues los datos son mínimos, pero ojalá aprendamos algo.

Segunda parte

Texto: Leia Cuenca
Ilustraciones: Mónica Recio